Durante los siglos que la iglesia cristiana ha existido, muchos hombres y mujeres se han levantado en sus generaciones para servir a Dios. A muchos los conocimos, y a otros no. A muchos conocemos, por su mala reputación, y a otros admiramos, porque perseveraron a través del tiempo y de las pruebas.
“Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos” Hebreos 11:16
¿Cuál es el sello que marca la vida de un hombre o una mujer de Dios para que pasados los años, las décadas, los siglos y las edades, aun los recordemos por su legado y su herencia?
Vivimos en días donde más que nunca, vemos la Gloria de Dios y las manifestaciones de su poder sobrenatural por doquier. Estamos en tiempos de avivamiento. Dios ha despertado a su pueblo, a su Iglesia, a su gente. Cientos de Iglesias en donde miles de vidas son transformadas, minan el mapa de toda América y el mundo entero. Yo soy testigo y protagonista de esta generación. No me bajo ni me bajaré nunca del mover del Espíritu Santo. Amo ver cómo Dios obra de manera soberana, y derrama su Gloria y su poder sobre aquellos que le aman y los levanta, los usa, los envía, y los respalda.
En estos últimos tres años de ministerio, he visto incontables milagros en los cuerpos de personas enfermas. He visto gente dejar su silla de ruedas, Cristo sanando columnas y quitando tumores. Cáncer que fueron arrancados de raíz, y tantas otras manifestaciones de poder. Estando en África hace unos meses, vi el poder de Cristo liberar a todo tipo de personas y hasta brujos y hechiceros. En lo económico, también he visto la mano de Dios obrar de manera sobrenatural y conozco al Dios proveedor. He estado horas y horas delante de su presencia, y lo amo más que mi propia vida y más que a nada en esta tierra.
Sin embargo, en medio de este avivamiento que nos toca vivir, hay algo en mi corazón, que no deja de inquietarme, y es una gran parte del liderazgo de este siglo, y en especial aquellos a los que rápido les ha ido bien, no han tenido la revelación de la importancia del carácter de Cristo en, y para la obra del ministerio. No solo para el ministerio, sino también para cada área de la vida.
¿Qué es el carácter? La palabra “carácter” viene del griego “Kharakter “. Los griegos llamaban kharakteinal acto de imprimir una marca –kharakter– con un hierro candente en el ganado. Kharakter se llamó también el propio hierro de marcar.
Me preocupa de sobremanera, la cantidad de líderes, ministros, y personas que se levantan sin el peso de carácter necesario para tener la firmeza que necesitamos frente al mundo, frente a las tinieblas, frente a nuestra propia carne y frente a Dios.
Carácter no es temperamento. Hay gente que dice “tal o cual persona tiene mal carácter” pero en realidad confunden carácter con temperamento. El temperamento es, según Wikipedia, “la manera natural con que un ser humano interactúa con el entorno y la naturaleza general de la personalidad de un individuo (se clasifica el temperamento en sanguíneo, colérico, flemático, melancólico).
“No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea desacreditado. Antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en conocimiento, en tolerancia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero; en palabra de verdad, en poder de Dios y con armas de justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, pero llenos de vida; como castigados, pero no muertos; como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, pero poseyéndolo todo”. 2a. Corintios 6:3-10
Hay en esta porción de la Escritura, treinta marcas del carácter de Cristo. Yo también le hubiera puesto por título, treinta marcas del carácter apostólico, o treinta marcas de la cruz. Hay muchos que quieren ser apóstoles, profetas, pastores, evangelistas, maestros, salmistas, solo para ser honrados, reconocidos y ver su ego inflamado por la adulación y la lisonja. La motivación de muchos hoy en día es que su nombre y su persona sean promovidos y conocidos en toda la tierra. Muchos son llamados al ministerio, pero pocos conocen este principio del carácter del obrero de Dios. Un verdadero ministro, tiene las marcas de Cristo en su cuerpo, es decir, en su carácter. No significa que sea perfecto, pero sí ha sido y está siendo procesado en el monte de la cruz. Su hombre interior está vivo y puede más que su hombre exterior. La restauración del ministerio apostólico y profético en la iglesia ha traído mucho crecimiento, desarrollo y plenitud, sin embargo, en lo que no creo, es en los ministerios auto apostólicos y auto proféticos. No creo en los ministerios auto promovidos desconocedores de todo principio de autoridad y disciplina. Así como se levantan verdaderos hombres y mujeres llamados por Dios, también se levantan individuos sedientos de vanidad y reconocimiento, llenos de mentira y engaño, que actúan fuera del cuerpo y de la bendición de Dios. A muchos, el mismo diablo les permite que les vaya bien, para mantenerlos en la burbuja del engaño y de la mentira, y de esta manera engañar a otros.
“Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos” Ap. 2:2
La falta de carácter, es igual o peor que la falta de unción. Sin importar que tan alto sea el llamado, o que tan importante sea la misión, el desarrollo o no del carácter del obrero de Dios estará directamente relacionado a su éxito o fracaso.
Sobran ejemplos en las Escrituras de hombres que pagaron un alto precio por no atender el consejo de Dios referente a su carácter. Algunos de ellos, eran tan ungidos, que descuidaron el valor del peso del carácter en la unción.
Sansón tuvo la unción, pero no tuvo el carácter. Sometió su vida, sus decisiones, su llamado y su ministerio al capricho de una mujer malvada. Si analizamos su vida, la relación con Dalila ya vino a ser la final y gran caída. La falta de carácter, lo llevó a ir rompiendo los límites de manera progresiva, hasta que lo perdió todo. Aun así, su postrer estado vino a ser mayor que el primero, y vemos su nombre en la galería de los héroes de la fe de Hebreos 11.
Debido a sus votos nazareos (Núm. 6:2-21), Sansón no debía beber vino ni sidra, no debía acercarse a un cuerpo muerto y no pasaría navaja sobre su cabeza
Sin embargo, debido a la falta de carácter, hizo exactamente al revés de lo que no estaba supuesto que hiciera.
– Tocó el cuerpo muerto de un león, para quitar miel del panal que tenía dentro (Jue. 14:8)
– Realizó un banquete con los filisteos para celebrar su unión. Aquí la palabra hebrea que se emplea para banquete es “mishteh” que significa “beber”. (Jue. 14:10)
– Cortó el secreto de la unción, que era que no debía pasarse navaja por su cabeza. (Jue. 16:17)
No rompió los límites de un día para otro. La falta de carácter lo llevó a un progresivo deterioro de su santidad y su relación con Dios. El no desarrollar el carácter, el no permitir ser marcados por el Espíritu Santo, siempre nos lleva a ir mas allá de los límites puestos por Dios en su Palabra.
Saúl fue otro hombre que no conoció los límites, y se tomó atribuciones que no le habían sido dadas. La falta de carácter, lo llevó a usurpar el sacerdocio, lo cual le costó el trono y toda la descendencia. Muchos cristianos, a menudo se posicionan en funciones, ministerios y lugares a donde Dios no los llamó ni los comisionó. ¿Porqué? Por la falta de carácter.
Al comienzo, Saúl es ungido rey (1º. Sam. 10:1) y vemos en el comienzo de su reinado una actitud de valentía, humildad y honra a Dios. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, y en la medida que fue adquiriendo confianza y seguridad, las fallas de su carácter lo fueron llevando lentamente al error. Primero, porque usurpó las funciones sacerdotales que no le habían sido dadas al ofrecer sacrificios al Señor. Luego, porque solo hirió, pero no eliminó a Amalec tal como Dios había mandado en Dt. 25:17 -19.
Amados, un obrero sin marcas en su carácter, es un Amalec espiritual. Si no matas a Amalec, Amalec te matará a ti, y a tus hijos, y a todo lo que tienes. Nunca confíes en tu carisma, en tus dones o en tu habilidad para manejar las cosas. Nada sustituye a un carácter probado y marcado junto con Cristo en la cruz del Calvario.
Saúl, luego de seguir rompiendo los límites, entró en una fase de total decadencia, al quedar en total locura, paranoia y persecución. Aquel otrora valiente y de hermoso parecer rey, terminaría sus días en la casa de una adivina, rogando un poco de paz para su alma. A diferencia de Sansón, la insensatez de Saúl, lo llevó a un punto de no retorno.
Otro hombre que nunca llegó a dejar marcar su carácter por completo fue Moisés, el gran libertador. No es una figura que podamos exponer livianamente, o fácilmente. Moisés ocupa en la escritura un lugar de honra y autoridad. Dios amaba a Moisés, se reveló a Él y tuvo un encuentro como con nadie, sin embargo, debemos aprender de sus errores, y ver analíticamente, una serie de debilidades en el carácter, que lo llevaron a ver desde lejos la promesa.
En un primer hecho, y aparentemente aislado, cuando Moisés tuvo cuarenta años, vio como un egipcio azotaba y maltrataba a un hebreo. En ese momento, actuó matando al soldado egipcio, y eso le costó la huida de Egipto. (Ex. 2:12). Bueno, hasta allí, puedes decirme que fue entendible la actitud de Moisés. Pero no miremos el hecho aislado. Observemos su carácter desde un todo y veamos al mismo Moisés, unos cuarenta y tantos años más adelante. En un segundo hecho, Dios se enoja con Moisés cuando posterga la decisión de circuncidar a todos los de su casa. (Ex 4:24). Este hecho puntual, tiene un paralelismo muy importante con el carácter, ya que la palabra relaciona la circuncisión del corazón, con la circuncisión del carácter.
Deuteronomio 10:16 “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz”
Al Moisés postergar la circuncisión de su hijo, tal como Dios había mandando, estaba postergando la decisión de romper de manera definitiva con su pasado egipcio de gloria y poder. La circuncisión egipcia solía ser con piedras afiladas y a la mitad del prepucio. En cambio, la circuncisión abrahamica, era con pedernales afilados y de prepucio completo. Aun había un área que se negaba a rendirse, y esa media entrega, casi le cuesta la vida entera al libertador Moisés.
Luego del encuentro sobrenatural con su presencia, y de ver las maravillosas obras de Dios liberando a su pueblo de Egipto de una manera sobrenatural, Dios llama a Moisés al Monte Sinaí para dictarle las leyes que habrían de regir a la nación de Israel, para bendecirlos y protegerlos. Sin embargo, mientras Moisés tenía otro encuentro con la Gloria de Dios, el pueblo monte abajo, adoraba ídolos, bebía y fornicaba de manera explícita y vergonzosa. En un tercer hecho, Moisés baja del monte, y ante este perverso panorama, quiebra al pié del monte las tablas que Dios mismo había escrito con su dedo. (Ex. 32:19)
Una vez más, Moisés tenía razón para enojarse y hacer lo que hizo, pero nuevamente Dios se revela a Moisés más adelante, y finalmente todo sigue bien. Pero, pasan los años, y ahora sí, vemos una actitud de Moisés que enfurecería a Dios, y llevaría a Moisés a pagar un alto precio por aquel déficit en el carácter.
Moisés era sinónimo de milagros. Desde el comienzo al fin de su ministerio, fue aparte de Cristo, el hombre por el cual Dios hizo más señales y milagros sobrenaturales en toda la historia. De hecho, el nombre Moisés significa “porque de las aguas lo saqué” (Ex. 2:10). Al comienzo de la peregrinación por el desierto, Dios le había dicho a Moisés que golpeara la roca en Horeb, y de ella saldría agua (Ex. 17:6). Moisés lo hizo, y funcionó. Sin embargo, ahora, la instrucción era, que le “hablara” a la roca (Nm. 20:8), y en esta ocasión, no debía golpear la roca, debía hablarle a la roca. Pero la presión, nuevamente la presión de una situación difícil, lleva al gran siervo de Dios por cuarta vez, en un acto de ira y enojo, a golpear la roca de manera violenta. Posiblemente, la recurrencia de las reacciones, y el no corregir en tiempo y forma su carácter, trajo como consecuencia este hecho final, que terminó colmando la paciencia de Dios.
Fueron cuatro errores, que se vinculan entre sí; un carácter vivo. Aun el pedernal de Dios no había podido circuncidar del todo aquel corazón.
Hoy yo me pregunto, si el pedernal de Dios está trabajando en mi corazón en el momento justo, en la hora justa y para el tiempo justo en mí, o si me estoy rehusando a permitirle a Dios forjar mi carácter conforme al carácter de Cristo.
Un ministerio aprobado por Dios, tarde o temprano adquiere treinta marcas, de las cuales el apóstol Pablo habla sobre sí, y su ministerio. No que estas marcas sean las constantes y permanentes situaciones, pero sí vemos la vida de Cristo, y la vida de Pablo, encontramos un gran calco de las treinta marcas. ¿Estás dispuesto a que tu vida sea marcada por el carácter de Cristo y que tu carácter humano sea modelado y templado por Dios? Si lo estás, prepárate para grandes cosas en tu vida.